Narrativa contemporánea

DETRÁS DEL HIELO | Marcos Ordóñez

Jan me dijo una vez: Cuando escribas algún día sobre todo esto, hazlo como quien de repente rompe a cantar, de noche, en mitad del camino.

Escribo de noche, tal y como Jan le pide a Klara que cuente su historia. Hacerlo en otro momento sería romper algo hermoso. Y después de conocerles, soy incapaz.

Detrás del hielo es la voz de Klara contando su historia. La historia de Klara Liboch, Oskar Klein, Jan Bielski y su ciudad perdida. Esa ciudad del país ficticio que Marcos Ordóñez ha bautizado con el nombre de Moira y desde la que Klara rememora la historia en un presente. Aquella ciudad que ya no es lo que fue, donde se quedaron los sueños y sus nombres grabados a punta de navaja en un árbol.

La República de Moira no existe, pero lo que ocurre en sus calles nos roza y nos golpea, porque lo conocemos. Ambientada en unos años sesenta dónde todo parecía posible, dónde era fácil soñar, Moira podría ser cualquier país que haya sido arrastrado al horror y la incertidumbre de una dictadura. Las canciones que suenan a lo largo de la historia nos dan una pista sobre la década que el autor quería reflejar —hay continuas referencias sobre música, cine y literatura—, el resto solo es unir puntos, dejarse llevar y sentir, porque Klara canta su historia con cierto tono de melancolía y añoranza. Una melancolía que se enreda en tu cuello y no te deja escapar hasta la última página.

Detrás del hielo es también la búsqueda de identidad de la joven Klara. El crecimiento personal, artístico y, sobretodo, emocional de una Klara de diecisiete años que conoce a Oskar y al rebelde Jan. Dos amigos que acabaran siendo los hombres de su vida.

Bajo aquellos árboles y aquel cielo sólo Oskar y yo como dos hermanos huérfanos, sin familia ni recuerdos, con ropa nueva y limpia, a las puertas de un país nuevo, brindando, tímidamente, con Kir, aquella bebida desconocida, exótica, perfecta para nuestra representación. Éramos dos personajes de una obra que aún estaba por escribirse. Yo era una joven y sofisticada aspirante a actriz o escritora, según habláramos de teatro o de libros; él era un joven fotógrafo nacido en París. Él era mi primer amigo; yo fui su primer amor.

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Jan era el hombre más libre que yo había conocido. Jamás se rindió. Todos nosotros, tarde o temprano, agachamos la cabeza. Pactamos. Aceptamos. Nos hacemos esclavos del miedo. Jan no. Hacía lo que quería; hacía lo que creía que debía hacer sin importarle las consecuencias, siempre.

Decir que Marcos Ordóñez escribe precioso sería quedarse en la superficie, en lo obvio. La realidad es que me hechizó desde la primera página, solo le bastaron un puñado de palabras para tenerme a sus pies. Tan poético y tan especial. Pocas veces he degustado cada palabra leída, pocas veces he deseado que un libro no termine nunca. Leí el último capítulo con un nudo en el pecho e inmediatamente pensé que esta historia le encantaría a mi amiga Lidia. Es ese tipo de historia que cala, una de esas historias que al terminarla sientes que ya no eres la misma lectora que la empezó.

Es curioso cuando una historia tan maravillosa pasa totalmente desapercibida. Yo misma no supe de la existencia de Detrás del hielo hasta que Libros del Asteroide la reeditó hace año y medio. Fue en ese momento cuando me puse a indagar y descubrí que la publicó por primera vez Bruguera en 2006 y, que pocos años después, Carrefour en sus ofertas de libros se la quitaba de encima por tres euros en una edición de bolsillo. Yo conseguí de segunda mano la de Bruguera, cada vez disfruto más de darle una segunda vida a los libros. El olor a libro usado, sus hojas algo amarillentas, Klara susurrándome su historia, las fotos de Oskar, los ojos verdes de Jan… La historia de los tres y su ciudad perdida.

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No ficción

ÉRAMOS UNOS NIÑOS | Patti Smith

A lo lejos, oí que me llamaban. Las voces de mis hijos. Echaron a correr hacia mí. En aquel lapso de atemporalidad, me detuve. De pronto lo vi, sus ojos verdes, sus rizos oscuros. Oí su voz más fuerte que las gaviotas, su risa infantil, y el rugido de las olas.

Sonríe por mí, Patti, porque yo sonrío por ti.

La primera vez que escuché una canción de Patti Smith tenía ocho años, era una versión dance de Because the night que en aquella época sonaba por todas partes. A día de hoy todavía tengo en mi cabeza aquellos primeros acordes de Master and servant de Depeche Mode.

9788426414052Conocía a Patti sin conocerla. Había escuchando mil veces su nombre, sabía qué tipo de música cantaba, había escuchado alguna de sus canciones más célebres, pero nunca había sentido interés por saber más. Sí es cierto que mi curiosidad lectora me pellizcó en el año 2010, cuando Lumen publicó Éramos unos niños. Lo quería leer aunque no fuese fan ni seguidora de Patti Smith. Empezaban a llamarme la atención las biografías y otros libros de No ficción, y las buenas críticas que estaba cosechando el libro de Patti solo hacían que tuviera más ganas de conocer la historia que se escondía detrás de la foto de la portada. Apunté el título en una de aquellas listas interminables que hacía en hojas de libretas y me olvidé de él, hasta que hace un par de años el nombre de Patti Smith empezó a perseguirme cada vez que visitaba una librería y recordé aquel primer libro editado por Lumen. Recordé la foto de la portada, aquella pareja llena de complicidad queriendo contar su historia. Y volvieron mis ganas. Y, por fin, conocí a Patti Smith.

Éramos unos niños podría decirse que fue mi último libro del 2018 y el primero del 2019. Lo empecé poco antes de que terminara el año y lo terminé el día 3. Lo leí a un ritmo muy irregular. Hubo partes que volaban entre mis dedos y, en cambio, otras que leí a sorbitos, porque me ponían el corazón del revés. Conocí a la Patti niña, a la Patti que llegó a Nueva York con las manos vacías pero llena de ganas, la Patti poeta, la Patti artista, la Patti perdida que se cruzó en el camino con Robert Mapplethorpe.

Patti y Robert eran, como se suele decir, dos almas destinadas a encontrarse. He leído y escuchado esas palabras muchísimas veces, pero nunca les había visto tanto sentido como en este caso. Ambos se encuentran en Nueva York en circunstancias parecidas, sin trabajo, sin dinero, sin nada más que sus sueños y sus ideas. Sus caminos se cruzan por casualidad y sin conocerse empiezan a vivir juntos, a ayudarse, a crear. A quererse.

Una de las partes más interesantes del libro es su evolución como artistas, como se abren camino poco a poco, con dificultades, con limitaciones, pero sin perder las ganas de expresar al mundo todo lo que bulle en sus interiores. Patti en forma de poesía, de letras; Robert con el arte y la fotografía. Cómo empiezan a codearse con personajes que todos conocemos, la vida en el Hotel Chelsea, saber el momento exacto en el que Patti cogió el micro o cómo surgió la portada del disco Horses de la mano de Robert. Pero a mí lo que me ha llegado de verdad, lo que hará que dentro de unos años recuerde este libro, ha sido su relación tan singular, tan auténtica y única. Una relación de amistad y de amor que duró siempre, pese a las prioridades, los cambios y la vida. Una relación que sigue intacta en las letras y canciones de Patti y en muchas fotografías de Robert. Aunque él ya no esté.

No fui consciente de quién era Robert Mapplethorpe hasta que terminé el libro, encendí el portátil y busqué fotografías suyas. En ese momento me di cuenta de que también conocía a Robert sin conocerlo. Había visto su trabajo varias veces y seguían en mi retina, es difícil olvidar una de sus fotografías, siempre en blanco y negro. Sus desnudos, sus flores.

Y como la vida está llena de casualidades (o señales), mientras buscaba el trabajo fotográfico de Robert descubrí que han hecho una película sobre su vida (el título es Mapplethorpe), que estrenan este año y que sinceramente mi primera reacción al ver el tráiler fue arrugar el morro. Sentí que es innecesaria, quizá porque tenía muy fresco el recuerdo de la vida de Robert y todavía escocía. Quizá porque descubrí que Patti no apoya esta película biográfica. La cuestión es que sentí un rechazo instantáneo. También he leído, aunque no sé si será un proyecto sin luz verde, que se está preparando una serie televisiva sobre Éramos unos niños. En cualquier caso, creo que lo bonito es tener la oportunidad de leer el libro, conocer la historia de primera mano por una de sus protagonistas. Conocer a Robert a través de la mirada de Patti. Conocer a Patti. La mujer, la escritora —es una maravilla lo bien que escribe—, la poeta, la artista, la lectora, la madre y la amiga, que ha logrado engancharme por completo.

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Desde hace unos días, en Villa Brandon suena el disco Twelve de Patti Smith en bucle. Doce versiones de canciones de otros artistas que no puedo dejar de escuchar, versiones de algunas canciones que forman parte de mi vida. Mi primera canción de la playlist del 2019 no podía ser otra que esta versión de Nirvana.

Canciones para el tiempo y la distancia, Vida

2018. GUERRA Y PAZ

Siento que este año que acaba ha sido una guerra conmigo misma. Una lucha continua con lo que siento, con los sueños que un día tuve, con las decisiones que tomé y con la insatisfacción que de vez en cuando aparece y golpea.

Y los miedos. Los miedos también siguen ahí, agazapados.

Y sigo echando de menos a quién no lo merece. ¿Qué voy a hacer con todos los abrazos que hice a medida para ti?

Ha sido un año veloz en el que he leído menos de lo previsto pero, sin embargo, me he conocido más como lectora. Qué historias me erizan la piel, qué personajes se quedan conmigo y qué sensaciones me llenan. Echando la vista atrás, algunos de los libros a los que en su momento di cinco estrellas no permanecen en mi recuerdo. Buenas historias, sí, pero a la larga no me han dejado huella. Y, en cambio, historias que en su momento pensé que no me llenaron del todo, siguen ahí, intactas, haciéndome sentir, enseñándome y perdurando en el tiempo.

La buena letra (Rafael Chirbes), Americanah (Chimamanda Ngozi Adichie), Yo te quise más (Tom Spanbauer), La luz que perdimos (Jill Santopolo), Todo 36-39: Malos tiempos (Carlos Giménez), Mejor la ausencia (Edurne Portela), Patria (Fernando Aramburu), Volver a casa (Yaa Gyasi) y El azul es un color cálido (Julie Maroh).

La música me ha seguido acompañando día a día, llenando mi lista de canciones para el tiempo y la distancia. Al volver a escucharlas será inevitable pensar en momentos vividos en este 2018 que se acaba.

La reina pez (Vega), Don’t take the money (Bleachers), Gran hermano (Carmen Boza), We might be dead by tomorrow (Soko) o Guerra y paz (Zahara). [Tenéis la lista completa en la pestaña Playlists, con la carátula que he hecho para este año].

Los libros y la música han sido mi paz todos estos meses.

Mi nueva agenda se llena de propósitos: volver a correr, comer mucho mejor, leer en catalán, estudiar inglés, aceptar mis cambios…

Y de libros que quiero leer: La trenza, Una educación, Feliz final, Detrás del hielo, No digas noche...

Pero, sobre todo, me apetece llenarla de momentos bonitos, de frases inspiradoras y de recuerdos que me hagan sonreír.

FELIZ 2019. Gracias un año más por estar a mi lado, a pesar de los cambios, de mis ausencias, de mis pocas ganas y de las telarañas que empiezan a instalarse en las esquinas de este rincón.

Vida

PERDONAR

Hace unas semanas vi en la tele una entrevista que le hicieron a Irene Villa. Quizá no os suene su nombre o no la recordéis. En 1991, cuando Irene tenía doce años, sufrió un atentado de ETA junto a su madre. Ella perdió las dos piernas y tres dedos de la mano izquierda, y su madre una pierna y un brazo. Su vida podría haberse desmoronado por completo, pero no es lo que ocurrió, desde entonces ha estudiado tres carreras, escrito cinco libros y ha sido madre tres veces. Es periodista, psicóloga y deportista paralímpica. Escucharla es un chute de positividad, energía y lucha. Pero si algo destaca sobre todo lo demás es su alegato del perdón.

Irene Villa dice que perdonar es el único camino para tener una vida en paz. ¿A quién no le hacen daño consciente o inconscientemente? Nosotros tenemos la responsabilidad de curarnos y salir adelante. Si no perdonamos, el daño nos sigue lastimando de por vida.

Todo esto me hizo pensar en las dos últimas entradas que he escrito y no he publicado. Una no fui capaz de dejar que viera la luz; la otra era parecida aunque menos dura y sentida, la publiqué durante unas horas y después la borré. Tampoco me vi capaz de dejarla. Cuando escuché a Irene hablar sobre el perdón me di cuenta por primera vez en dieciséis años de que no estaba enfocando las cosas como debía. No quiere decir que todo vaya a desaparecer de un plumazo, las cicatrices no se borran, siempre están ahí, pero quizá era el momento de darle una vuelta de tuerca, cambiar el ángulo. Y eso es esta entrada, ese otro ángulo.

Siempre he tenido una canción que me recuerda a mi madre, una canción de Enya que me ponía cuando era pequeña para dormir. Cuando la escucho me causa tristeza y, aunque parezca mentira, es la única canción que relacionaba con ella. Nuestra única canción. Quizá porque nunca ha ocupado del todo el lugar que le correspondía en mi vida. Fue madre muy joven, por sorpresa y locamente enamorada. Esa clase de amor que te ciega, que te hace idealizar a la otra persona. Ese amor adolescente tan puro y tan limpio que, a veces, te hace cometer locuras. Sería precioso decir que fue un cuento de hadas, que él era maravilloso y la quería en la misma medida, pero no fue así. Fue todo lo contrario. Vivió un matrimonio de veinticinco años que cada día la hacía más infeliz. Llegó un punto que ya no quedaba nada de aquella chica risueña y cariñosa, se convirtió en alguien gris, sin luz, sin sonrisa y sin vida. Él arrasó poco a poco con todo.
Perdimos la esperanza de que abriera los ojos, de que viera la realidad. Pero un día lo hizo y lo echó de su vida, por sorpresa, como siempre lo hace todo. Y aunque después llegó la incertidumbre y el miedo, volvió a encontrar su luz. Volvió a vivir.

Hay muchas cosas que nos alejan, pero otras que nos unen con un nudo fuerte y resistente. Las dos escapamos, cada una a su manera, en su momento y con sus propios medios. Las dos salimos heridas, pero también fortalecidas. Ella menos inocente, más fría y más dura, guardando bajo un candado lo vivido. Yo con una cicatriz que a veces sigue doliendo y echando de menos lo que nunca tendré. Pero juntas, en este presente tan raro, estamos construyendo algo que hace unos años parecía imposible, un álbum de pequeños momentos compartidos. Paseos por Madrid. Cenas. Planes. Un viaje en coche sonando Dua Lipa…

Nunca leerás esto, pero estoy orgullosa de ti, mamá. Has sido una de las valientes que salió victoriosa, que mató al dragón antes de que éste la quemara. Da igual que ya no seas la misma, que el dolor te haya cambiado, que nunca seas como siempre soñé, lograste escapar y ser feliz luchando sola. Ahora, cada vez que escuche IDGAF (I don’t give a fuck) pensaré en ti, en mí y en que ganamos. Nos merecíamos una canción que no causara tristeza. Una canción que nos recordara que seguimos en pie.

Vida

PALMERAS EN LA MANCHA

El verano que siempre me ha encantado se ha convertido en debilidad. Es la época del año en la que estoy más floja, más nostálgica, más decaída. Echo de menos momentos, lugares y personas. Echo de menos el verde de la montaña, el olor a cloro y la música hasta la madrugada. Echo de menos algo que, poco a poco, asumo que ya no volverá. Personas que decidieron quedarse en el camino. Una casa que en agosto se llenaba de gente. Rollitos de anís y bollos de azúcar.

No miento si digo que estaba deseando que terminara el verano, es lo que me pasa desde que vivo en La Mancha. Se me hace pesado, largo y arduo anímicamente. Aquí un verano no es un verano, siempre siento que me falta algo y no consigo rellenar el hueco. Quizá nunca sepa hacerlo del todo.

Los últimos coletazos de agosto estuvieron marcados por una decisión imprevista. Una mudanza que no esperábamos y que nos ha tenido liados durante semanas. Todavía seguimos con ella. Una mudanza que iniciamos con ilusión, ha acabado siendo un quebradero de cabeza constante y, al final, nos está reportando felicidad. Será la luz tan bonita que entra por la ventana al atardecer, tener nuestro propio sofá o la sensación de tener en las manos un nuevo comienzo.

Hoy es el primer día que tenemos wifi en el piso y tenía tantas ganas de sentarme a escribir… Contaros el por qué de mi silencio y de mi sequía lectora. Contaros que este tiempo desconectada entre cajas he pensado mucho sobre muchas cosas. También en Locked in verses, en los libros que quiero leer en lo que queda de año y en cómo manejar mi presencia en las redes sociales dedicadas al blog.

Pero, de momento, voy a elegir mi segundo libro de septiembre –quién me ha visto y quién me ve– y espero que sea de esos que apetece sentarse a compartir.

Gracias por seguir a mi vera.

Por amor al arte

¡OH, CAPITÁN! ¡MI CAPITÁN!

¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!
Levántate para escuchar las campanas.
Levántate. Es por ti que izan las banderas.
Es por ti que suenan los clarines.
Son para ti estos búcaros, y esas coronas adonardas.
Es por ti que en las playas hormiguean las multitudes.

Walt Whitman

La muerte de Robin Williams me pellizcó el corazón, fue como perder una parte de la niña que fui. Una niña que creció a principios de los noventa. Seguramente mi infancia ha sido un poco más feliz gracias a Robin, a su manera de hacernos reír, a su sonrisa tierna y bondadosa. Podría hablaros de Hook, de lo mucho que me gusta esa película y que Mr. Brandon me regaló la Navidad pasada. Podría hablaros de Jumanji, de las veces que la he visto y nunca me canso. Podría hablaros de la Señora Doubtfire, o de Jack, pero hubo un antes y un después con El club de los poetas muertos.

0911fe71aa523bd7fff9939ec6c78a78--comedians-robinsCuando tenía trece/catorce años me tocó de tutora en el colegio una profesora muy jovencita, posiblemente hiciera poco que había terminado la carrera. Fue bueno para nosotros tener la visión de alguien tan joven, porque la mayoría de profesores eran de la vieja escuela y en su manera de enseñar se notaba. Un día nos llevó a la sala de audiovisuales a ver El club de los poetas muertos. Salimos de allí alucinados y garabateando en nuestras libretas Carpe Diem como sino hubiera un mañana. Quizá en ese momento no supimos apreciar la lección de vida que nos había dado al ponernos esa película. Lo positivo que fue descubrirla a nuestra edad, cuando todavía estábamos perdidos, vivíamos llenos de cambios y empezaba a dibujarse las personas que un día seríamos. Es una película que me pone la piel de gallina, que sigo disfrutando como si fuera la primera vez. Me emociona y me angustia. Es de mis preferidas.

Cuando HBO anunció que estaba preparando un documental sobre la vida de Robin Williams, tuve claro que necesitaba verlo. Sabía que no sería fácil, pero realmente lo necesitaba. La experiencia fue como esperaba: intensa y triste. Pero mereció totalmente la pena, mereció todas las sonrisas y todas lágrimas que recorrieron mis mejillas en los últimos momentos de documental.

Valerie-Velardi-and-Robin-WilliamsRobin Williams: Come inside my mind hace un recorrido por la vida de Robin, desde su niñez hasta el final de sus días. Sus inicios como actor marcados por la comedia de improvisación y su amistad con Christopher Reeve. Su éxito en la serie de televisión Mork & Mindy interpretando a un extraterrestre. Los primeros coqueteos con las drogas y el alcohol. El punto de inflexión que supuso perder a su amigo John Belushi por sobredosis. Su gran amistad con Billy Crystal, que duraría toda su vida. Sus matrimonios y la relación con sus hijos.  Su éxito en Hollywood a raíz de Good Morning, Vietman. Sus recaídas. Su genialidad y sus ganas de hacer reír a la gente. Sus últimos años. Su triste final. Dos horas de Robin para disfrutar, para recordar, para sentir, para conocer.

Días después de haber terminado de ver el documental empezaron a salir artículos en las redes y me entristecí. Leí un par de ellos, no tuve ganas para más. Uno decía que le había decepcionado un poco porque no se explicaba nada de su final, de qué le pasaba realmente, de por qué terminó de esa manera. ¿Eso era el fin del documental? Puto morbo. Robin Williams era genialidad, sonrisas y emoción, es lo que siempre nos regaló con sus interpretaciones. Es lo que nos pertenece. El resto no. Y el final es perfecto, porque un final diferente sería injusto. Yo no quiero saber más, yo quiero recordarle viendo sus películas, es lo que ser merece cualquier actor. Mucho más alguien tan querido por el público como él.

Vida

START, RESTART, UNDO

Iba a tirar la toalla. Las redes sociales me empiezan a chupar la energía y la desilusión hace mella. Hay tantas cosas que no entiendo, que no puedo dejar de pensar lo bonitos que fueron los inicios cuando era una ignorante. Con cuántas ganas abrí mi Miss Brandon. Cuánto me abrí en canal allí, cuánto compartí, cuánto me equivoqué, cuánto perdí. Cerré ese blog en el que tantas horas, vivencias y cariño había puesto porque estaba exhausta. También porque la soledad impuesta es difícil de llevar.

No sé vivir sin sentir en cualquier ámbito, esa sensibilidad la heredé de mi madre. No sé poner distancia y cuando todo estalla es demasiado tarde. Y duele. Un golpe seco e inesperado que es culpa mía, porque ahora sé que esto, éste mundo de letras y posts, no funciona así. El juego es otro al que yo nunca he sabido jugar. Y ahora que conozco las reglas ya no quiero aprender.

¿Quién me lo iba a decir a estas alturas? Tenía veinte años cuando abrí mi primer blog. En él escribía a modo de diario, compartía canciones y fotografías. También me animé a escribir algún relato de dudosa calidad. Los últimos años hablé de libros y citas que encontraba entre sus páginas. Nunca me cansé, nunca me dolió. No existía el postureo, ni el beneficio, ni el egocentrismo. Ha sido meterme en mundo de los blogs literarios y en poco más de tres años y medio casi tiro la toalla tres veces.

Empecé a escribir en Locked in verses porque lo necesitaba. Empecé a escribir por mí y por eso éste sigue siendo un lugar solitario, al que arropo y mimo. No lo escondo, pero tampoco lo expongo. Prefiero ir poco a poco, alejada del ruido. Quiero reinar tranquila aquí, hablar de libros, de vida y seguir haciéndolo con la libertad que lo he hecho hasta ahora.

Iba a tirar la toalla, pero elijo seguir.
Déjame reinar aquí, no te pido más…