YO TE QUISE MÁS

En lo alto de la escalera, bajo la ventana de la primera planta, la placa y el verso del poema de Auden.

«Si el afecto equivalente no es posible, que sea yo quien ame más».

(…) El poema de Auden. Lo perfecto que es ese poema. Verdad de un modo en que la verdad puede hacer que te estremezcas, que llores, que te enorgullezcas.

Empecé a leer Yo te quise más en diciembre volviendo a casa por Navidad. Leí tres páginas, cinco a lo sumo y lo dejé. Desde entonces, todos estos meses ha estado rondando por mi cabeza el ponerme con esta historia. Su momento llegó hace una semana. Hoy, después de haber conocido a Ben y Hank, después de haberme metido de lleno en una historia de Tom Spanbauer, sé que esta novela solo es disfrutable si la coges en el momento adecuado.

Me costó pillarle el punto a la forma de escribir de Spanbauer, al principio había momentos que me descolocaba, después, cuando logré situarme, fue todo rodado y empecé a disfrutar. Empecé a disfrutar de esa pluma sin adornos, a bocajarro, llena de verdad, la verdad que corre por las venas. La verdad de Ben, su matrimonio fallido, su enfermedad, su sexualidad, sus relaciones, su amistad con Hank. Su amor por Hank. Porque la historia que nos cuenta Spanbauer, al fin y al cabo, es una historia de amor. Un amor de los que dejan huella, de los de toda una vida, de los que no se olvidan, de los que sangran, de los que son como un agujero donde más duele, en el pecho, en el centro, bien hondo.

hankben

Yo te quise más toca muchos temas y la mayoría dolorosos. Es difícil que al terminar de leerla no te haya dejado un poso, por pequeño que sea. Es difícil que días después no sigas pensando en Ben, en qué tal le irá. Ese Ben que durante la lectura sientes que ha estado a tu lado, contándote su vida, en la barra de cualquier bar con una Budweiser en la mano. Abriendo esa vena donde palpita la verdad. Lo bueno y lo malo. Todo. Te hablará de Hank y lo hará de tal manera que tu también tendrás ganas de conocerlo, de conocer a Hank Christian, al Guardián del Umbral, al Maroni. Comprobar si sus ojos son azules o negros y si tiene la sonrisa de «Soy el terror de las nenas». Tendrás ganas de verlos juntos, sentados en una escalera rozándose las rodillas desnudas, mirándose como solo se miran las personas que tienen una conexión especial, casi mágica.

Ben también te hablará de Ruth, ella es importante en su historia. Te hablará de lo que significó para él y también para Hank. Y en ese momento no podrás despegar los ojos, porque su narración cogerá un ritmo casi frenético y dolerá. Puede que mucho, puede que poco, depende de como tengas el cuerpo (y el corazón) después de escucharle durante horas.

Querido Gruney, a mí me costará olvidar tu historia.
A mí me dolió escucharte.

Si tuviera que volver a repetirlo todo, no lo haría. Demasiado dolor. Sin embargo, tanto dolor curte.

Puto Tom Spanbauer, tío.

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LA LUZ QUE PERDIMOS

Es lo que tiene el amor. Que nos hace sentir infinitos e invencibles, como si el mundo entero estuviera a nuestra disposición, abierto ante nosotros, como si pudiéramos conseguir lo que nos propusiéramos y cada día estuviera lleno de maravillas.

Creo firmemente que los libros que te hacen sentir cualquier tipo de emoción son lo que al final se quedan contigo y, en ocasiones, acaban formando parte de esa pequeña lista de libros de tu vida. Desde hace unos años ese es mi baremo para valorar un libro: sentir. Si una historia me hace sentir ya me tiene casi ganada.

Con La luz que perdimos tuve un flechazo, fue leer la sinopsis y saber que me iba a gustar. Es algo que hace tiempo que me pasa muy poco con la novela romántica, de un tiempo a esta parte siento más desencanto que otra cosa con este tipo de historias. Pero me gusta guiarme por mis flechazos —en prácticamente todos los aspectos de mi vida—, seguir al corazón pienso que es bueno, porque aunque te equivoques al final te llenará la paz. Y esta vez tampoco me equivoqué con mi flechazo lector, porque la historia de Lucy y Gabe es de las que te dejan un vacío dentro. Una historia tan real que duele, tan sentida que traspasa el papel, tan triste y tan cercana que es demasiado fácil tocarla con la yema de los dedos. Este tipo de historias son las que me llegan, las que siento tangibles. La purpurina y los unicornios me temo que no están hechos para mí.

Gabe y Lucy se conocen en la Universidad de Columbia en un seminario sobre Shakespeare el 11 de septiembre del 2001, el día de los atentados de Nueva York. Ese mismo día surge la chispa entre ellos y tiempo después inician una relación. Una relación que Lucy pronto asume que tiene fecha de caducidad porque el sueño profesional de Gabe es irse al extranjero como fotógrafo. Una oportunidad para ir a Irak separará el camino de Gabe del de Lucy. Sus vidas tomarán rumbos diferentes, pero seguirán unidos por un amor imperecedero, loco, desgarrador y único. A pesar del paso de los años y de los kilómetros, nunca dejarán de pensar el uno en el otro, ni de quererse, ni de echarse de menos. Ni de cuestionarse si tomaron las decisiones adecuadas en el pasado.

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Una historia de despedidas y reencuentros, de añoranza y de sueños. Una historia que sin poder evitarlo hace pensar en lo importantes que son las pequeñas decisiones que tomamos y que poco a poco, sin darnos cuenta, modifican nuestra vida. ¿Qué hubiera pasado sí…? Es la pregunta que planea sobre la historia de Gabe y Lucy.  Lucy sentía que Gabe no sería del todo feliz mientras siguiera en Nueva York, que debería marcharse para sentirse realizado y pleno aunque a ella se le partiera el corazón. ¿Pero realmente Gabe será feliz sin Lucy?

La luz que perdimos no siento que sea una historia perfecta, pero a mí ha logrado tocarme el corazón y tenerla dando vueltas en mi cabeza constantemente. Leí las últimas páginas con un nudo en la garganta y con la necesidad de sentarme delante del teclado, como hacía meses que no me pasaba. Supongo que es demasiado fácil ponerse en la piel de Lucy, porque ella es la narradora durante toda la historia. Cada momento, cada sentimiento, cada lágrima, cada carcajada. Cada acierto, cada error. Todo está ahí, sin dobleces, la historia de un amor. El amor de Lucy por Gabe.

La historia de una vida, la que podría haber sido y la que finalmente fue.

Espero que algún día encuentres un amor así, un amor que todo lo consuma, un amor potente, que te haga sentir que estás volviéndote un poco loco. Cuando te entregues a un amor así, tu corazón saldrá magullado. Saldrá apaleado. Pero además te sentirás invencible e infinito.

 

CHARLOTTE

Charlotte Salomon. C-H-A-R-L-O-T-T-E.

Su nombre no se me va de la cabeza desde que terminé de leer Charlotte de David Foenkinos ayer por la tarde. Es fácil entender esa obsesión que sintió el autor después de descubrir por casualidad a la joven pintora alemana en una exposición en Berlín. Entiendo ese flechazo, esa necesidad de saber más sobre la persona detrás de esas pinturas. Su vida marcada por la tragedia —varios miembros de su familia se suicidaron, como si una maldición les persiguiera—, sobre su final a los veintiséis años en una cámara de gas de Auschwitz, estando embarazada de cinco meses. Sobre el olvido que ensombrece su nombre. Lo entiendo porque después de leer su libro me ha dejado con la misma necesidad, con las mismas ganas de saber, de darle luz.

Foenkinos dedicó diez años a Charlotte, a seguir sus pasos, las huellas que dejó en su Berlín natal o en el sur de Francia, dónde se refugió en sus últimos años, antes de ser delatada por un vecino. Nos lo cuenta intercalando la vida de Charlotte con retazos de la investigación que llevó a cabo para llegar a conocerla.

Charlotte quedó huérfana de madre con nueve años, su padre, Albert Salomon, un reputado cirujano judío, vuelve a casarse con la cantante de ópera Paula Lindberg. Cuando los nazis llegan al poder su vida empieza a tambalearse, Charlotte tendrá que dejar la Academia de arte y refugiarse en Villefranche-sur-Mer (sur de Francia) con sus abuelos maternos. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Charlotte tendrá que vivir el suicidio de su abuela y, a raíz de la tragedia, una inesperada confesión de su abuelo. Charlotte decide hacer frente al dolor pintando y en menos de dos años tiene entre sus manos lo que será Leben? Oder Theater? (¿Vida o Teatro?), una obra autobiográfica de 769 pinturas (gouaches), textos y música. Esa obra ha llegado a nuestros días gracias a que Charlotte se la entregó dentro de una maleta a un amigo de la familia. Poco después llegó el amor de la mano de Alexander Nagler, un refugiado austriaco que conoció en la Costa Azul. Se amaron, se casaron y juntos acabaron en un tren con destino a Auschwitz.

Charlotte está delante de la consulta de Moridis. Llama a la puerta.
Le abre el doctor en persona.
Ah… Charlotte, dice.
Ella no contesta.
Lo mira.
Y le alarga la maleta.
Diciendo es toda mi vida.

No era la primera vez que leía a David Foenkinos, me estrené hace cosa de un par de meses con su obra más famosa, La delicadeza. Me atrapó totalmente esa forma de narrar tan particular, tan francesa. Sabía que en Charlotte utilizaba un recurso totalmente diferente: frases cortas, puntos y aparte, dándole un toque que algunos califican como poético. Tengo que decir que tengo sensaciones encontradas con esta manera de presentarnos una historia tan especial como lo es la de Charlotte Salomon. Al principio me resultó original, pero conforme fui adentrándome en su historia me supo a poco. Supongo que caí bajo el hechizo de la apasionante Charlotte y mis ansias de saber querían más, mucho más de lo que Foenkinos me estaba dando. Él dice que la escribió así porque era la única manera de poder respirar al llegar al final de la frase. Yo quiero pensar que también es un regalo, porque nos insufla ganas para investigar por nuestra cuenta, sin darnos todo mascado. Y eso, también tiene su gracia, quizá era lo que quería Foenkinos, que Charlotte que se instalara en nuestras cabezas, en nuestros pensamientos, que al cerrar el libro no la olvidáramos. Para mí va a ser muy difícil olvidar a Charlotte Salomon, se me ha quedado pegada en la piel.