Vida

PALMERAS EN LA MANCHA

El verano que siempre me ha encantado se ha convertido en debilidad. Es la época del año en la que estoy más floja, más nostálgica, más decaída. Echo de menos momentos, lugares y personas. Echo de menos el verde de la montaña, el olor a cloro y la música hasta la madrugada. Echo de menos algo que, poco a poco, asumo que ya no volverá. Personas que decidieron quedarse en el camino. Una casa que en agosto se llenaba de gente. Rollitos de anís y bollos de azúcar.

No miento si digo que estaba deseando que terminara el verano, es lo que me pasa desde que vivo en La Mancha. Se me hace pesado, largo y arduo anímicamente. Aquí un verano no es un verano, siempre siento que me falta algo y no consigo rellenar el hueco. Quizá nunca sepa hacerlo del todo.

Los últimos coletazos de agosto estuvieron marcados por una decisión imprevista. Una mudanza que no esperábamos y que nos ha tenido liados durante semanas. Todavía seguimos con ella. Una mudanza que iniciamos con ilusión, ha acabado siendo un quebradero de cabeza constante y, al final, nos está reportando felicidad. Será la luz tan bonita que entra por la ventana al atardecer, tener nuestro propio sofá o la sensación de tener en las manos un nuevo comienzo.

Hoy es el primer día que tenemos wifi en el piso y tenía tantas ganas de sentarme a escribir… Contaros el por qué de mi silencio y de mi sequía lectora. Contaros que este tiempo desconectada entre cajas he pensado mucho sobre muchas cosas. También en Locked in verses, en los libros que quiero leer en lo que queda de año y en cómo manejar mi presencia en las redes sociales dedicadas al blog.

Pero, de momento, voy a elegir mi segundo libro de septiembre –quién me ha visto y quién me ve– y espero que sea de esos que apetece sentarse a compartir.

Gracias por seguir a mi vera.

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