Por amor al arte

¡OH, CAPITÁN! ¡MI CAPITÁN!

¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!
Levántate para escuchar las campanas.
Levántate. Es por ti que izan las banderas.
Es por ti que suenan los clarines.
Son para ti estos búcaros, y esas coronas adonardas.
Es por ti que en las playas hormiguean las multitudes.

Walt Whitman

La muerte de Robin Williams me pellizcó el corazón, fue como perder una parte de la niña que fui. Una niña que creció a principios de los noventa. Seguramente mi infancia ha sido un poco más feliz gracias a Robin, a su manera de hacernos reír, a su sonrisa tierna y bondadosa. Podría hablaros de Hook, de lo mucho que me gusta esa película y que Mr. Brandon me regaló la Navidad pasada. Podría hablaros de Jumanji, de las veces que la he visto y nunca me canso. Podría hablaros de la Señora Doubtfire, o de Jack, pero hubo un antes y un después con El club de los poetas muertos.

0911fe71aa523bd7fff9939ec6c78a78--comedians-robinsCuando tenía trece/catorce años me tocó de tutora en el colegio una profesora muy jovencita, posiblemente hiciera poco que había terminado la carrera. Fue bueno para nosotros tener la visión de alguien tan joven, porque la mayoría de profesores eran de la vieja escuela y en su manera de enseñar se notaba. Un día nos llevó a la sala de audiovisuales a ver El club de los poetas muertos. Salimos de allí alucinados y garabateando en nuestras libretas Carpe Diem como sino hubiera un mañana. Quizá en ese momento no supimos apreciar la lección de vida que nos había dado al ponernos esa película. Lo positivo que fue descubrirla a nuestra edad, cuando todavía estábamos perdidos, vivíamos llenos de cambios y empezaba a dibujarse las personas que un día seríamos. Es una película que me pone la piel de gallina, que sigo disfrutando como si fuera la primera vez. Me emociona y me angustia. Es de mis preferidas.

Cuando HBO anunció que estaba preparando un documental sobre la vida de Robin Williams, tuve claro que necesitaba verlo. Sabía que no sería fácil, pero realmente lo necesitaba. La experiencia fue como esperaba: intensa y triste. Pero mereció totalmente la pena, mereció todas las sonrisas y todas lágrimas que recorrieron mis mejillas en los últimos momentos de documental.

Valerie-Velardi-and-Robin-WilliamsRobin Williams: Come inside my mind hace un recorrido por la vida de Robin, desde su niñez hasta el final de sus días. Sus inicios como actor marcados por la comedia de improvisación y su amistad con Christopher Reeve. Su éxito en la serie de televisión Mork & Mindy interpretando a un extraterrestre. Los primeros coqueteos con las drogas y el alcohol. El punto de inflexión que supuso perder a su amigo John Belushi por sobredosis. Su gran amistad con Billy Crystal, que duraría toda su vida. Sus matrimonios y la relación con sus hijos.  Su éxito en Hollywood a raíz de Good Morning, Vietman. Sus recaídas. Su genialidad y sus ganas de hacer reír a la gente. Sus últimos años. Su triste final. Dos horas de Robin para disfrutar, para recordar, para sentir, para conocer.

Días después de haber terminado de ver el documental empezaron a salir artículos en las redes y me entristecí. Leí un par de ellos, no tuve ganas para más. Uno decía que le había decepcionado un poco porque no se explicaba nada de su final, de qué le pasaba realmente, de por qué terminó de esa manera. ¿Eso era el fin del documental? Puto morbo. Robin Williams era genialidad, sonrisas y emoción, es lo que siempre nos regaló con sus interpretaciones. Es lo que nos pertenece. El resto no. Y el final es perfecto, porque un final diferente sería injusto. Yo no quiero saber más, yo quiero recordarle viendo sus películas, es lo que ser merece cualquier actor. Mucho más alguien tan querido por el público como él.

Anuncios
Por amor al arte

QUÉ HACER CUANDO EN LA PANTALLA APARECE THE END | Paula Bonet

Finales que llegan repentinamente, sin avisar, que nos parten en dos mitades. Finales que se arrastran durante años y que nunca se acaban porque confunden orgullo con recuerdo…

Desaparecí unos días. Era lo que me pedía a gritos mi corazón. Zafón en El juego del ángel decía que los corazones solo se pueden romper una vez, el resto son rasguños. ¿Pero cuántos rasguños es capaz de soportar un mismo corazón? Eso nadie lo dice, eso… eso lo vives. Yo, ilusa de mí, pensaba que había cubierto el cupo decepciones. Pensaba que ya nadie me decepcionaría tanto como para dolerme el corazón como si me clavaran algo justo en el centro. Qué equivocada estaba. Qué mierda tan grande es querer a alguien. Más mierda incluso cuando esa persona te hace daño gratuitamente, quizá sin pretenderlo, quizá sin pensar en lo que estaba haciendo, quizá sin calibrar las consecuencias de sus actos…

Desaparecí unos días porque necesitaba cuidarme (y curarme). E inconscientemente empecé a leer sobre finales, (quizá) porque sentí que dentro de mí se había roto algo. Algo que ya no encajaría como antes, aunque lo untara con el pegamento más fuerte. Algo que ya no tenía arreglo. Empecé a leer sobre finales porque quería saber cómo dejar de sentirme como una mierda. Quería saber como salir a flote de nuevo, como arrancarme la pena de cuajo, como… como seguir después de ver el jodido The End en blanco sobre fondo negro. Las decepciones pesan más que el cemento y llegué a pensar que con esta ya no podría. Una vez más la sensación de abandono me engullía, esa sensación que ya tengo pegada como una segunda piel.

Cogí de la estantería el primer libro de Paula Bonet, Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End, uno de los libros que me regaló Mr. Brandon para nuestro quinto aniversario, hace un par de años. No lo había leído todavía, solo lo había tenido en mis manos un par de veces para echarle un vistazo a las ilustraciones. Quiero pensar que estaba esperando su momento propicio, pero no quería que fuese pura necesidad leerlo. Y lo ha sido.

cincocuatrodostresuno

Finales. Finales inesperados que te rompen por dentro, de los que cuesta reponerse, de los que cuesta desprenderse. Finales que sabes que llegarán algún día, en algún momento, y no por ello duelen menos aunque los hayas arrastrado como un lastre durante mucho tiempo. Finales.

Leyendo el libro de Paula me he perdonado. Me he perdonado por las veces que no estuve (ni estoy) a la altura, que seguramente fueron muchas. Veces en las que posiblemente se esperaba mucho más de mí y yo me di a medias, o a gotas. Me he perdonado por esas otras veces en las que me quedé vacía. Veces en las que di a manos llenas a quién no lo merecía.