Narrativa contemporánea

CHARLOTTE | David Foenkinos

Charlotte Salomon. C-H-A-R-L-O-T-T-E.

Su nombre no se me va de la cabeza desde que terminé de leer Charlotte de David Foenkinos ayer por la tarde. Es fácil entender esa obsesión que sintió el autor después de descubrir por casualidad a la joven pintora alemana en una exposición en Berlín. Entiendo ese flechazo, esa necesidad de saber más sobre la persona detrás de esas pinturas. Su vida marcada por la tragedia —varios miembros de su familia se suicidaron, como si una maldición les persiguiera—, sobre su final a los veintiséis años en una cámara de gas de Auschwitz, estando embarazada de cinco meses. Sobre el olvido que ensombrece su nombre. Lo entiendo porque después de leer su libro me ha dejado con la misma necesidad, con las mismas ganas de saber, de darle luz.

Foenkinos dedicó diez años a Charlotte, a seguir sus pasos, las huellas que dejó en su Berlín natal o en el sur de Francia, dónde se refugió en sus últimos años, antes de ser delatada por un vecino. Nos lo cuenta intercalando la vida de Charlotte con retazos de la investigación que llevó a cabo para llegar a conocerla.

Charlotte quedó huérfana de madre con nueve años, su padre, Albert Salomon, un reputado cirujano judío, vuelve a casarse con la cantante de ópera Paula Lindberg. Cuando los nazis llegan al poder su vida empieza a tambalearse, Charlotte tendrá que dejar la Academia de arte y refugiarse en Villefranche-sur-Mer (sur de Francia) con sus abuelos maternos. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Charlotte tendrá que vivir el suicidio de su abuela y, a raíz de la tragedia, una inesperada confesión de su abuelo. Charlotte decide hacer frente al dolor pintando y en menos de dos años tiene entre sus manos lo que será Leben? Oder Theater? (¿Vida o Teatro?), una obra autobiográfica de 769 pinturas (gouaches), textos y música. Esa obra ha llegado a nuestros días gracias a que Charlotte se la entregó dentro de una maleta a un amigo de la familia. Poco después llegó el amor de la mano de Alexander Nagler, un refugiado austriaco que conoció en la Costa Azul. Se amaron, se casaron y juntos acabaron en un tren con destino a Auschwitz.

Charlotte está delante de la consulta de Moridis. Llama a la puerta.
Le abre el doctor en persona.
Ah… Charlotte, dice.
Ella no contesta.
Lo mira.
Y le alarga la maleta.
Diciendo es toda mi vida.

No era la primera vez que leía a David Foenkinos, me estrené hace cosa de un par de meses con su obra más famosa, La delicadeza. Me atrapó totalmente esa forma de narrar tan particular, tan francesa. Sabía que en Charlotte utilizaba un recurso totalmente diferente: frases cortas, puntos y aparte, dándole un toque que algunos califican como poético. Tengo que decir que tengo sensaciones encontradas con esta manera de presentarnos una historia tan especial como lo es la de Charlotte Salomon. Al principio me resultó original, pero conforme fui adentrándome en su historia me supo a poco. Supongo que caí bajo el hechizo de la apasionante Charlotte y mis ansias de saber querían más, mucho más de lo que Foenkinos me estaba dando. Él dice que la escribió así porque era la única manera de poder respirar al llegar al final de la frase. Yo quiero pensar que también es un regalo, porque nos insufla ganas para investigar por nuestra cuenta, sin darnos todo mascado. Y eso, también tiene su gracia, quizá era lo que quería Foenkinos, que Charlotte que se instalara en nuestras cabezas, en nuestros pensamientos, que al cerrar el libro no la olvidáramos. Para mí va a ser muy difícil olvidar a Charlotte Salomon, se me ha quedado pegada en la piel.

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