Vida

PERDONAR

Hace unas semanas vi en la tele una entrevista que le hicieron a Irene Villa. Quizá no os suene su nombre o no la recordéis. En 1991, cuando Irene tenía doce años, sufrió un atentado de ETA junto a su madre. Ella perdió las dos piernas y tres dedos de la mano izquierda, y su madre una pierna y un brazo. Su vida podría haberse desmoronado por completo, pero no es lo que ocurrió, desde entonces ha estudiado tres carreras, escrito cinco libros y ha sido madre tres veces. Es periodista, psicóloga y deportista paralímpica. Escucharla es un chute de positividad, energía y lucha. Pero si algo destaca sobre todo lo demás es su alegato del perdón.

Irene Villa dice que perdonar es el único camino para tener una vida en paz. ¿A quién no le hacen daño consciente o inconscientemente? Nosotros tenemos la responsabilidad de curarnos y salir adelante. Si no perdonamos, el daño nos sigue lastimando de por vida.

Todo esto me hizo pensar en las dos últimas entradas que he escrito y no he publicado. Una no fui capaz de dejar que viera la luz; la otra era parecida aunque menos dura y sentida, la publiqué durante unas horas y después la borré. Tampoco me vi capaz de dejarla. Cuando escuché a Irene hablar sobre el perdón me di cuenta por primera vez en dieciséis años de que no estaba enfocando las cosas como debía. No quiere decir que todo vaya a desaparecer de un plumazo, las cicatrices no se borran, siempre están ahí, pero quizá era el momento de darle una vuelta de tuerca, cambiar el ángulo. Y eso es esta entrada, ese otro ángulo.

Siempre he tenido una canción que me recuerda a mi madre, una canción de Enya que me ponía cuando era pequeña para dormir. Cuando la escucho me causa tristeza y, aunque parezca mentira, es la única canción que relacionaba con ella. Nuestra única canción. Quizá porque nunca ha ocupado del todo el lugar que le correspondía en mi vida. Fue madre muy joven, por sorpresa y locamente enamorada. Esa clase de amor que te ciega, que te hace idealizar a la otra persona. Ese amor adolescente tan puro y tan limpio que, a veces, te hace cometer locuras. Sería precioso decir que fue un cuento de hadas, que él era maravilloso y la quería en la misma medida, pero no fue así. Fue todo lo contrario. Vivió un matrimonio de veinticinco años que cada día la hacía más infeliz. Llegó un punto que ya no quedaba nada de aquella chica risueña y cariñosa, se convirtió en alguien gris, sin luz, sin sonrisa y sin vida. Él arrasó poco a poco con todo.
Perdimos la esperanza de que abriera los ojos, de que viera la realidad. Pero un día lo hizo y lo echó de su vida, por sorpresa, como siempre lo hace todo. Y aunque después llegó la incertidumbre y el miedo, volvió a encontrar su luz. Volvió a vivir.

Hay muchas cosas que nos alejan, pero otras que nos unen con un nudo fuerte y resistente. Las dos escapamos, cada una a su manera, en su momento y con sus propios medios. Las dos salimos heridas, pero también fortalecidas. Ella menos inocente, más fría y más dura, guardando bajo un candado lo vivido. Yo con una cicatriz que a veces sigue doliendo y echando de menos lo que nunca tendré. Pero juntas, en este presente tan raro, estamos construyendo algo que hace unos años parecía imposible, un álbum de pequeños momentos compartidos. Paseos por Madrid. Cenas. Planes. Un viaje en coche sonando Dua Lipa…

Nunca leerás esto, pero estoy orgullosa de ti, mamá. Has sido una de las valientes que salió victoriosa, que mató al dragón antes de que éste la quemara. Da igual que ya no seas la misma, que el dolor te haya cambiado, que nunca seas como siempre soñé, lograste escapar y ser feliz luchando sola. Ahora, cada vez que escuche IDGAF (I don’t give a fuck) pensaré en ti, en mí y en que ganamos. Nos merecíamos una canción que no causara tristeza. Una canción que nos recordara que seguimos en pie.

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Vida

START, RESTART, UNDO

Iba a tirar la toalla. Las redes sociales me empiezan a chupar la energía y la desilusión hace mella. Hay tantas cosas que no entiendo, que no puedo dejar de pensar lo bonitos que fueron los inicios cuando era una ignorante. Con cuántas ganas abrí mi Miss Brandon. Cuánto me abrí en canal allí, cuánto compartí, cuánto me equivoqué, cuánto perdí. Cerré ese blog en el que tantas horas, vivencias y cariño había puesto porque estaba exhausta. También porque la soledad impuesta es difícil de llevar.

No sé vivir sin sentir en cualquier ámbito, esa sensibilidad la heredé de mi madre. No sé poner distancia y cuando todo estalla es demasiado tarde. Y duele. Un golpe seco e inesperado que es culpa mía, porque ahora sé que esto, éste mundo de letras y posts, no funciona así. El juego es otro al que yo nunca he sabido jugar. Y ahora que conozco las reglas ya no quiero aprender.

¿Quién me lo iba a decir a estas alturas? Tenía veinte años cuando abrí mi primer blog. En él escribía a modo de diario, compartía canciones y fotografías. También me animé a escribir algún relato de dudosa calidad. Los últimos años hablé de libros y citas que encontraba entre sus páginas. Nunca me cansé, nunca me dolió. No existía el postureo, ni el beneficio, ni el egocentrismo. Ha sido meterme en mundo de los blogs literarios y en poco más de tres años y medio casi tiro la toalla tres veces.

Empecé a escribir en Locked in verses porque lo necesitaba. Empecé a escribir por mí y por eso éste sigue siendo un lugar solitario, al que arropo y mimo. No lo escondo, pero tampoco lo expongo. Prefiero ir poco a poco, alejada del ruido. Quiero reinar tranquila aquí, hablar de libros, de vida y seguir haciéndolo con la libertad que lo he hecho hasta ahora.

Iba a tirar la toalla, pero elijo seguir.
Déjame reinar aquí, no te pido más…

Vida

CORAZONES ROTOS, CORAZONES SALVAJES

Me han roto el corazón cinco veces. Una de ellas por amor, las otras cuatro por amistad. Esas cuatro son las que más me han dolido, las que más cicatrices han dejado en mi piel. Hubo un tiempo en qué sentía que estaba perdiendo un poco la fe en la amistad, ahora me doy cuenta de que mi idea era demasiado romántica. Mis amigas eran las de toda la vida, las que crecieron y jugaron conmigo cuando éramos unas niñas. Mi mejor amiga lo era desde hacía más de veinte años. Supongo que por eso empezaron a romperse mis esquemas cuando el tiempo, la distancia y la vida nos distanciaron. Resquebrajaron algo que parecía eterno, irrompible, casi mágico. Con el paso de los años he aprendido que vivir es una aventura y que nunca sabes lo que te vas a encontrar en el camino. Soy de esas personas que se han tomado la vida siempre demasiado en serio y, ahora más que nunca, sé que no es bueno. Ni sano.

Lidia se cruzó en mi camino por sorpresa y desde el primer momento me hizo crecer. Entendí eso que dicen de que hay que tener cerca gente que nos sume y no nos reste. A su lado no he dejado de aprender, de descubrir y de compartir. De sentir orgullo y admiración. A su lado todo ha sido fácil, hasta lo más jodido. Su sonrisa permanente, sus consejos, sus ideas, su manera de ser, de sentir, de darse…

Hace unos años leyendo Fahrenheit 451 de Ray Bradbury descubrí una cita que me ha acompañado desde entonces: “No podemos determinar el momento concreto en que nace la amistad. Como al llenar un recipiente gota a gota, hay una gota final que lo hace desbordarse, del mismo modo, en una serie de gentilezas hay una final que acelera los latidos del corazón”. Mientras escribo esto pienso en esa cita y en lo cierta que es. No sé en qué momento lo nuestro se convirtió en la amistad que tenemos hoy, en esa complicidad y confianza, pero el camino hasta llegar a ella ha sido bonito, repleto de momentos de esos que te llenan el corazón. Recuerdo uno en concreto, quizá fue el momento en el que vi más claro que era alguien importante y esencial para mí. Me regaló un libro que a ella le había gustado mucho y cuando ya nos habíamos despedido, mientras esperaba el tren en la estación, me di cuenta de que tenía una dedicatoria. Una dedicatoria preciosa que me llenó de luz. Lloré, lloré mucho. Lloré de alegría y también de miedo, un poquitín, porque la sensación de abandono sigue pegada a la suela de mis zapatos y, a veces, todavía es inevitable sentirla, desprenderme de ella. Mr. Brandon me dijo “Te lo mereces” y mi contestación fue “Es tan bonito lo que me ha escrito” y él lo entendió todo, entendió esas lágrimas que eran mezcla de muchas cosas. Bonitas y amargas. De ilusión y felicidad. De cicatrices y recuerdos. La gota que desbordó el vaso. Es uno de esos momentos que tu cabeza hace click y almacena, como una foto en blanco y negro pegada en un corcho en la pared formando tus recuerdos. Recuerdos inolvidables.

Amiga, sigue haciéndole caso a tu corazón bonito y salvaje.
Siempre.
En todo.
Es lo que te hace única y especial.
Auténtica.

Feliz cumpleaños.

(Que suerte la mía de tenerte en mi vida…)

Por amor al arte

QUÉ HACER CUANDO EN LA PANTALLA APARECE THE END | Paula Bonet

Finales que llegan repentinamente, sin avisar, que nos parten en dos mitades. Finales que se arrastran durante años y que nunca se acaban porque confunden orgullo con recuerdo…

Desaparecí unos días. Era lo que me pedía a gritos mi corazón. Zafón en El juego del ángel decía que los corazones solo se pueden romper una vez, el resto son rasguños. ¿Pero cuántos rasguños es capaz de soportar un mismo corazón? Eso nadie lo dice, eso… eso lo vives. Yo, ilusa de mí, pensaba que había cubierto el cupo decepciones. Pensaba que ya nadie me decepcionaría tanto como para dolerme el corazón como si me clavaran algo justo en el centro. Qué equivocada estaba. Qué mierda tan grande es querer a alguien. Más mierda incluso cuando esa persona te hace daño gratuitamente, quizá sin pretenderlo, quizá sin pensar en lo que estaba haciendo, quizá sin calibrar las consecuencias de sus actos…

Desaparecí unos días porque necesitaba cuidarme (y curarme). E inconscientemente empecé a leer sobre finales, (quizá) porque sentí que dentro de mí se había roto algo. Algo que ya no encajaría como antes, aunque lo untara con el pegamento más fuerte. Algo que ya no tenía arreglo. Empecé a leer sobre finales porque quería saber cómo dejar de sentirme como una mierda. Quería saber como salir a flote de nuevo, como arrancarme la pena de cuajo, como… como seguir después de ver el jodido The End en blanco sobre fondo negro. Las decepciones pesan más que el cemento y llegué a pensar que con esta ya no podría. Una vez más la sensación de abandono me engullía, esa sensación que ya tengo pegada como una segunda piel.

Cogí de la estantería el primer libro de Paula Bonet, Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End, uno de los libros que me regaló Mr. Brandon para nuestro quinto aniversario, hace un par de años. No lo había leído todavía, solo lo había tenido en mis manos un par de veces para echarle un vistazo a las ilustraciones. Quiero pensar que estaba esperando su momento propicio, pero no quería que fuese pura necesidad leerlo. Y lo ha sido.

cincocuatrodostresuno

Finales. Finales inesperados que te rompen por dentro, de los que cuesta reponerse, de los que cuesta desprenderse. Finales que sabes que llegarán algún día, en algún momento, y no por ello duelen menos aunque los hayas arrastrado como un lastre durante mucho tiempo. Finales.

Leyendo el libro de Paula me he perdonado. Me he perdonado por las veces que no estuve (ni estoy) a la altura, que seguramente fueron muchas. Veces en las que posiblemente se esperaba mucho más de mí y yo me di a medias, o a gotas. Me he perdonado por esas otras veces en las que me quedé vacía. Veces en las que di a manos llenas a quién no lo merecía.