Vida

BAREFOOT IN THE PARK

Hoy Locked in verses cumple un año. En realidad el aniversario de su creación fue hace unos días, pero hoy hace un año que lo lancé al mundo con aquella primera reseña de Charlotte.

Os confieso que empecé este blog con una pizca de miedo, pero también con ilusión y con el convencimiento de que este rincón sería mucho más especial y que iría mucho mejor que el anterior. Supongo que en esto último pequé de optimista, le echaremos las culpas a mis ganas y a esa ilusión de la que os hablaba. Lo cierto es que sí, es un sitio mucho más especial, así lo siento yo, pero no va mucho mejor que el anterior. Lo cierto es que si hablamos de estadísticas va rematadamente mal. Y no os voy a mentir, es algo que me ha frustrado en algún momento durante este año. He llegado a pensar que Locked in verses no merecía la pena. Pero después de tener pensamientos turbios, encendía el portátil, tecleaba en una nueva entrada y disfrutaba tanto que me olvidaba de todo lo demás.

Supongo que el problema radica en que había dejado un blog que tenía trescientos seguidores, que soy consciente de que es una cifra irrisoria comparada con lo que se suele manejar en la blogosfera, pero yo lo sentía como una verdadera hazaña. La primera semana de vida ya había alcanzado el número que he logrado aquí en un año. Pero luego pienso en la desilusión y el desencanto que me proporcionó todo aquello y claro, virgencita que me quede como estoy. He tardado tiempo en comprenderlo, pero ahora no cambio la libertad y la tranquilidad que siento aquí por aquello, aunque wordpress a veces me lleve por el camino de la amargura.

En fin, pretendía hacer un resumen de lo que ha supuesto este año y ya veis que han sido meses de altibajos. Pero lo que os puedo decir con total seguridad es que en ningún momento he pensado en cerrar el chiringuito. Escribir aquí me hace feliz, es mi pequeño baúl de recuerdos, lleno de canciones, libros y experiencias. Escribir aquí es como caminar descalza sobre la hierba fresca. O como mojarme los pies en la orilla del mar. Es paz.

Hace unas semanas mi amiga Lidia preguntaba en Instagram cuál era nuestro refugio y yo inmediatamente pensé en los libros y la música. Pero después de una noche dándole vueltas al tema me di cuenta de que mi refugio es Locked in verses. Aquí guardo todo lo que me hace sentir en carne viva. Todo lo que me llena.

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Vida

CARTA A ALGÚN RINCÓN DE RUSIA

En un lugar de La Mancha, 11 de abril de 2019

Querido F.,

Dentro de poco hace setenta y ocho años que cogiste aquel primer tren que te llevaría a un lugar del que no regresarías jamás. A veces pienso que en el fondo sabías que ese era tu destino otras, en cambio, pienso que fuisteis tan engañados que realmente pensabais que era cosa de dos días, y cuando la nieve empezó a teñirse de sangre y pólvora ya no hubo vuelta atrás. Llegó el miedo, el arrepentimiento y la resignación.

Me duele confesarte que durante mucho tiempo no entendí tus motivaciones y las juzgué. Te juzgué a ti sin merecerlo. Qué fácil era hacerlo desde mi sitio privilegiado de niña de los años 80. Cuando la dictadura, la escasez y las privaciones solo se conocían a través de los libros de texto y las conversaciones en familia. Fui muy injusta porque yo viví el después, la tristeza y el vacío que dejó tu ausencia y el horror que dejó a su paso aquella guerra que no era tuya. Puede que hoy siga sin entender que te impulsó a embarcarte en ella, quizá nunca lo entienda, pero ya no te juzgo. No tengo ningún derecho a hacerlo y me duele ser capaz siquiera de intentarlo.

He tenido la oportunidad de conocerte. Te he conocido a través de cartas. Las tuyas con letra irregular y borrosa a consecuencia del frío de la estepa rusa. Con las palabras garabateadas en trozos de papel amarillento de tu madre y hermanas. Te he conocido a través de los ojos brillantes y llenos de amor de tu esposa. Supongo que lo sabes, pero te quiso mucho. Te amó durante toda su vida, siempre te tuvo presente y no dejó que tu recuerdo se perdiera. Gracias a ella yo siempre supe que ese chico tan guapo de la foto sepia eras tú y que habías muerto en la guerra. Por aquel entonces era muy pequeña para comprender lo ocurrido, ni siquiera sabía qué era una guerra, pero me sentía orgullosa de ser una pequeña parte tuya. Con el tiempo empecé a estudiar y a leer sobre aquella guerra. Te sorprendería los ríos de tinta que han corrido, lo mucho que se ha escrito y todo lo que se desconoce y se va descubriendo poco a poco. Fue cruel, inhumano y horrible. Quiero pensar que no teníais ni idea de la magnitud de lo que estaba pasando a vuestro alrededor. Hay testimonios de compañeros tuyos que lo atestiguan, pero se han dicho tantas cosas que yo solo podría creer en tu palabra.

Empecé a seguir tus pasos, a comprar libros, a escribirme con desconocidos que pudieran darme alguna pista. Recuerdo especialmente a un chico de Valencia que buscaba a su tío abuelo, curiosamente había estado en el mismo batallón que tú, imaginé que quizá habíais compartido algunas palabras.
Dolió demasiado desenterrar algo que ninguno de nosotros había vivido, pero había marcado de alguna manera nuestra vida. Lo hice por ella, aunque ya no esté, sé que le haría muy feliz. Siempre quiso encontrarte. Lo hice por ti, quiero pensar que también serías feliz sabiendo que te cayó en gracia una bisnieta tan majara como para buscarte después de casi ochenta años.

¿Es posible querer a alguien que nunca has visto? Hoy sé que sí. Te quiero, de una manera extraña y singular, pero no por ello menos real. He reconstruido tu esencia a partir de todo lo que he recopilado los últimos cinco años y no ha sido fácil, de los que te conocieron solo queda una persona con vida y es tan mayor que a veces ni siquiera me reconoce a mi.
Sé que eras alegre, noble, honrado y que siempre tenías una sonrisa en la cara. Que te gustaba cantar tangos, tanto que incluso lo hiciste en el frente para animar a tus compañeros cuando las cosas se ponían muy jodidas. Sé también que eras valiente y terco, que siempre luchaste por tus ideales. Que a pesar del frío extremo, el hambre y todas las penurias de la guerra, lo único que querías en Navidad era una fotografía. No sé si el paquete llegó demasiado tarde, pero ella te mandó ropa de abrigo, comida, tabaco, todo lo que pudo. Sé que tu único pensamiento siempre fue volver a casa y empezar de cero. Te daba igual dejar tu tierra bañada de sol y mar, solo querías estar con ellos, con esa familia que habías construido un par de meses antes de subirte a aquel dichoso tren. Eran planes preciosos que cuando leí de tu puño y letra me emocionaron. He llorado mucho en el camino, mientras encajaba piezas, apuntaba fechas y leía cartas. Sigo haciéndolo mientras escribo esto. Creo que nunca dejaré de hacerlo al pensar en ti.

Hace un par de días descubrí cómo habías muerto, tenía una ligera idea, pero saberlo con tanta exactitud ha sido doloroso. Lo leí en un libro que compré por impulso y ahí estabas, en una página, al lado de una fotografía. Llevo varios días revuelta, como ida, no puedo quitarte de mi cabeza. Es una sensación muy extraña que me acompaña desde entonces. Mi cuerpo vive en 2019 pero la mente sigue anclada en 1941. Cómo si hubiera una pequeña posibilidad de convertirme en una superheroína y salvarte. Cómo si fuera posible viajar al pasado, a aquella noche de diciembre y pudiera pegarte tirones en la ropa para que te quedaras quieto, a mi lado y no salieras de la trinchera. Pero lo hiciste, te ofreciste voluntario y lo que ocurrió después lo sabes mejor que nadie.

No quiero ponerme triste, quiero quedarme con los regalos que sin saberlo me dejaste a través del tiempo. Me habéis enseñado a creer en el amor. Los dos. En ese amor eterno, capaz de superar todos los obstáculos inimaginables. Lo vi en sus ojos llenos de luz y pena al hablar de ti. Lo sentí en tus palabras cariñosas y llenas de sueños. Y, sobre todas las cosas, me dejaste a mi abuelo. El único padre que realmente tengo.

Sé que ya no importa, pero quiero que sepas que no mereció la pena, ni siquiera para los que sobrevivieron. Os fuisteis como auténticos héroes y cuando volvieron la realidad fue muy diferente. Se habla de desprecio y olvido. De promesas que nunca se cumplieron. Puede que no fuerais héroes, pero tampoco fuisteis villanos. Solo erais un puñado de chicos arrastrados por unas circunstancias que no conocemos y por una vida que no tiene nada que ver con la nuestra.

Me quedan muchas cosas por contarte, podría escribirte cada día durante años y siempre me dejaría cosas en el tintero, pero quiero pensar que siempre has estado con nosotros. Tiene que ser así, lo contrario me cuesta aceptarlo. Mi mayor ilusión sería traerte a casa para que por fin volváis a estar juntos, pero soy consciente de que no lo voy a poder hacer y lo siento mucho. Tanto que me parte el corazón.

Siempre te llevo conmigo.
Mónica

Canciones para el tiempo y la distancia

ALWAYS REMEMBER US THIS WAY

Ayer, mientras desayunaba, pensaba en lo orgullosa que me siento de este sitio, aunque sea pequeño y esté vacío. Nunca me había parado a pensarlo, siempre tenía sentimientos encontrados, me resultaba inevitable compararlo con mi anterior espacio, aquel que yo sentía lleno de vida, y en el que hoy me doy cuenta que perdí un poco el norte. Me perdí a mí misma. Quizá por eso tengo esta calma placentera instalada en el pecho cuando pienso Locked in verses, en como me encuentro aquí. Más yo que nunca.

Puede que esa haya sido la clave, que soy yo 100%, que puedo serlo como nunca lo fui en aquel otro sitio. Que sentarme a escribir aquí es como ir llenando una cajita de emociones, donde guardo todo aquello que me eriza la piel, todo aquello que hace que la vida sea un poco más feliz. Y hoy voy a guardar otro momento bonito en ella, para  poder recordar y que no se pierda la emoción con el tiempo.

El viernes fuimos al cine a ver A star is born (Ha nacido una estrella). Era la primera vez que veíamos en el cine una película en versión original subtitulada. A Mr. Brandon le sagran los oídos cada vez que escucha un doblaje, si por él fuera en casa se vería todo así, solo claudica cuando vemos algo juntos porque sabe que a mí se me hace un poco cuesta arriba. Pero esa es la estampa habitual en Villa Brandon, mientras yo estoy en la cocina experimentando o leyendo en la habitación, el salón se llena de diálogos en inglés o japonés. Pero el viernes se convirtió en uno de esos momentos bonitos que se atesoran. El de las primeras veces.

En realidad la película en sí no hubiera llamado mi atención sino fuera por sus buenas críticas. Y el incentivo para que Mr. Brandon me acompañara con ganas era Lady Gaga, una artista que a él siempre le ha gustado. No porque siguiera su trayectoria, ni tuviera sus discos, sino porque le gustaba ver los vídeos de sus conciertos y escuchar alguna canción de vez en cuando. Para él Lady Gaga es eso, puro espectáculo en directo, aunque para muchos sea solo una mamarracha. Para mí Lady Gaga es, sobre todo, Poker face y no porque la canción me guste especialmente, sino porque forma parte de la banda sonora de mi vida. Poker face sonaba a todo trapo la noche (de fiestas patronales en el pueblo) que mi madre me soltó a bocajarro que se iba a separar de mi padre, y me dejó con cara de póker. Es alucinante como las canciones a veces suenan en el momento más indicado. Yo pensé que no había escuchado bien, que la Gaga cantaba demasiado alto o era el alcohol que corría descontrolado por mis venas. Pero no, había escuchado perfectamente y me quedé en blanco. No recuerdo nada más de esa noche, solo que mi vida dio otro giro de 180º.

Cuando el viernes salimos del cine mi sensación era buena, me había gustado lo que había visto. Me había sorprendido un Bradley Cooper que no conocía en esa faceta de director y cantante, la química con Lady Gaga había traspasado la pantalla enredándose con todos los que estábamos sentados en las butacas, atándonos con un hilo fino y resistente hasta la última nota cantada. Me había sorprendido ella, Stefani Germanotta, porque en esas dos horas y pico de película lo único que había de Lady Gaga era su voz, el resto era Stefani. La chica que hay detrás del maquillaje, las pelucas de colores y los vestidos inclasificables de una artista a la que bautizaron Lady Gaga por una canción de Queen. En A star is born hay sobre todo emoción y verdad, porque desde el primer minuto te olvidas que estás viendo en la pantalla a Bradley y la Gaga, son solo Jack y Ally contando su historia, intensa y triste.

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Supongo que conoceréis la sensación de terminar un libro, sentir que os ha gustado mucho y ya está, sin más. Y que con el paso de los días, inexplicablemente, no deje de daros vueltas en la cabeza, porque en realidad os ha dejado un poso que no esperabais, os ha llenado. Eso me pasó con A star is born.

Que la banda sonora es una delicia no es una novedad, todo el mundo lo dice. Tarareaba Shallow desde hace meses sin saber la historia detrás de su letra, sin conocer a Jack y Ally, solo se había pegado a mí como una segunda piel porque sonaba en todas partes, porque todo el mundo hablaba maravillas. La había disfrutado a través de otras personas, de otras emociones que no me pertenecían y cuando escuché la canción en la película, aunque fue un momento precioso, un momento clave en la historia y lleno de magia, no me removió tanto como sí lo hizo cuando Ally canta sola Always remember us this way. Una canción que me parece de las más bonitas que he escuchado en mucho tiempo. Y como el mes del amor está dando sus últimos coletazos, no encuentro mejor manera de despedirlo que hacerlo con una canción que ya forma parte de mi Playlist de este año.

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Vida

LOS RESTOS DEL AMOR

Estás hecho de pequeños fragmentos de libros que has leído.

Empecé a leer por necesidad. Así lo siento desde la distancia que dan los años. Empecé a leer porque me dolía tanto el corazón que pensaba que me iba a romper de un momento a otro. Trabajaba, lloraba y escuchaba a Extremoduro. Así fueron los primeros meses sin J, hasta que una tarde de diciembre abrí un libro y me puse a leer.

Es hasta gracioso pensar que J se pasó todo el tiempo que estuvimos juntos animándome a leer, él era lector desde niño y veía como algo casi místico que los dos compartiéramos esa afición. Me regaló libros que nunca leí, intentamos leer uno los dos a la vez y tardé medio año en acabarlo. Nuestro último septiembre juntos, lo recuerdo tumbada en el césped de la universidad leyendo El niño con el pijama de rayas mientras esperaba que J saliera de un examen. No terminé el libro nunca y ese fue el último fin de semana que vi a J, —aunque en realidad siguió en mi vida de forma intermitente mediante mensajes a deshoras—.

Empecé a leer porque no quería pensar en cómo J había hecho estallar todo por los aires, llevándose mi corazón por delante. Fue una época complicada, me refugié en el trabajo y en los libros. Leía un libro detrás de otro, casi sin tomar aliento, solo necesitaba algo que me mantuviera entretenida, que me evitara pensar y leer era lo único que apaciguaba mi cabeza, mi corazón y mi desilusión.

Había pasado un puñado de meses cuando J conoció a otra chica. La CHICA, en mayúsculas, la que acabaría formando una familia con él. Y sentí que todo lo que había avanzado se iba por el desagüe. Volvía a la casilla de salida. Recuerdo que días después tomé la decisión más sabia: decirle adiós para siempre. Él no estaba en mi vida, pero seguía en ella, lejano pero constante. Yo estaba enamorada y él estaba conociendo a otra chica. Tenía que alejarme, tenía que pensar en mí, tenía que curarme y los libros fueron mi refugio. Mi salvación.

De leer de manera obsesiva por pura necesidad, acabé leyendo por placer, recorriendo librerías, comprando montañas de libros, descubriendo a la lectora que había en mí y todavía no conocía. Leía cualquier género que cayera en mis manos, con el tiempo descartaba los que no me encajaban y acabé adorando las historias de personajes, las de sentimientos. Leer me llenaba. Me ayudaba a volver a sentir algo cuando pensaba que estaba seca por dentro.

Lo que todo el mundo prodiga es que con el tiempo te quedas con lo bueno de las relaciones fallidas. Yo con J nunca he podido hacerlo, porque aunque lo malo parecía poco, acabó llenándolo todo. Si pienso en nuestro tiempo juntos solo me viene a la cabeza el dolor de saber lo difícil que le resultaba quererme. Fue como llenar de piedras hasta arriba una mochila que antes de que él llegara a mi vida, ya estaba demasiado llena.

No soy una hipócrita, aunque los restos de aquel amor sean como un agujero en el pecho, lo que más siento es gratitud. Él se fue con sus intentos de poema y sus canciones de Sabina y yo me quedé enterrada en montañas de libros. Libros que en estos diez años que han pasado desde nuestro adiós me han regalado amor y amistad. Han moldeado aristas y rellenado huecos. Me han dado vida.

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Canciones para el tiempo y la distancia, Vida

2018. GUERRA Y PAZ

Siento que este año que acaba ha sido una guerra conmigo misma. Una lucha continua con lo que siento, con los sueños que un día tuve, con las decisiones que tomé y con la insatisfacción que de vez en cuando aparece y golpea.

Y los miedos. Los miedos también siguen ahí, agazapados.

Y sigo echando de menos a quién no lo merece. ¿Qué voy a hacer con todos los abrazos que hice a medida para ti?

Ha sido un año veloz en el que he leído menos de lo previsto pero, sin embargo, me he conocido más como lectora. Qué historias me erizan la piel, qué personajes se quedan conmigo y qué sensaciones me llenan. Echando la vista atrás, algunos de los libros a los que en su momento di cinco estrellas no permanecen en mi recuerdo. Buenas historias, sí, pero a la larga no me han dejado huella. Y, en cambio, historias que en su momento pensé que no me llenaron del todo, siguen ahí, intactas, haciéndome sentir, enseñándome y perdurando en el tiempo.

La buena letra (Rafael Chirbes), Americanah (Chimamanda Ngozi Adichie), Yo te quise más (Tom Spanbauer), La luz que perdimos (Jill Santopolo), Todo 36-39: Malos tiempos (Carlos Giménez), Mejor la ausencia (Edurne Portela), Patria (Fernando Aramburu), Volver a casa (Yaa Gyasi) y El azul es un color cálido (Julie Maroh).

La música me ha seguido acompañando día a día, llenando mi lista de canciones para el tiempo y la distancia. Al volver a escucharlas será inevitable pensar en momentos vividos en este 2018 que se acaba.

La reina pez (Vega), Don’t take the money (Bleachers), Gran hermano (Carmen Boza), We might be dead by tomorrow (Soko) o Guerra y paz (Zahara). [Tenéis la lista completa en la pestaña Playlists, con la carátula que he hecho para este año].

Los libros y la música han sido mi paz todos estos meses.

Mi nueva agenda se llena de propósitos: volver a correr, comer mucho mejor, leer en catalán, estudiar inglés, aceptar mis cambios…

Y de libros que quiero leer: La trenza, Una educación, Feliz final, Detrás del hielo, No digas noche...

Pero, sobre todo, me apetece llenarla de momentos bonitos, de frases inspiradoras y de recuerdos que me hagan sonreír.

FELIZ 2019. Gracias un año más por estar a mi lado, a pesar de los cambios, de mis ausencias, de mis pocas ganas y de las telarañas que empiezan a instalarse en las esquinas de este rincón.

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Vida

PERDONAR

Hace unas semanas vi en la tele una entrevista que le hicieron a Irene Villa. Quizá no os suene su nombre o no la recordéis. En 1991, cuando Irene tenía doce años, sufrió un atentado de ETA junto a su madre. Ella perdió las dos piernas y tres dedos de la mano izquierda, y su madre una pierna y un brazo. Su vida podría haberse desmoronado por completo, pero no es lo que ocurrió, desde entonces ha estudiado tres carreras, escrito cinco libros y ha sido madre tres veces. Es periodista, psicóloga y deportista paralímpica. Escucharla es un chute de positividad, energía y lucha. Pero si algo destaca sobre todo lo demás es su alegato del perdón.

Irene Villa dice que perdonar es el único camino para tener una vida en paz. ¿A quién no le hacen daño consciente o inconscientemente? Nosotros tenemos la responsabilidad de curarnos y salir adelante. Si no perdonamos, el daño nos sigue lastimando de por vida.

Todo esto me hizo pensar en las dos últimas entradas que he escrito y no he publicado. Una no fui capaz de dejar que viera la luz; la otra era parecida aunque menos dura y sentida, la publiqué durante unas horas y después la borré. Tampoco me vi capaz de dejarla. Cuando escuché a Irene hablar sobre el perdón me di cuenta por primera vez en dieciséis años de que no estaba enfocando las cosas como debía. No quiere decir que todo vaya a desaparecer de un plumazo, las cicatrices no se borran, siempre están ahí, pero quizá era el momento de darle una vuelta de tuerca, cambiar el ángulo. Y eso es esta entrada, ese otro ángulo.

Siempre he tenido una canción que me recuerda a mi madre, una canción de Enya que me ponía cuando era pequeña para dormir. Cuando la escucho me causa tristeza y, aunque parezca mentira, es la única canción que relacionaba con ella. Nuestra única canción. Quizá porque nunca ha ocupado del todo el lugar que le correspondía en mi vida. Fue madre muy joven, por sorpresa y locamente enamorada. Esa clase de amor que te ciega, que te hace idealizar a la otra persona. Ese amor adolescente tan puro y tan limpio que, a veces, te hace cometer locuras. Sería precioso decir que fue un cuento de hadas, que él era maravilloso y la quería en la misma medida, pero no fue así. Fue todo lo contrario. Vivió un matrimonio de veinticinco años que cada día la hacía más infeliz. Llegó un punto que ya no quedaba nada de aquella chica risueña y cariñosa, se convirtió en alguien gris, sin luz, sin sonrisa y sin vida. Él arrasó poco a poco con todo.
Perdimos la esperanza de que abriera los ojos, de que viera la realidad. Pero un día lo hizo y lo echó de su vida, por sorpresa, como siempre lo hace todo. Y aunque después llegó la incertidumbre y el miedo, volvió a encontrar su luz. Volvió a vivir.

Hay muchas cosas que nos alejan, pero otras que nos unen con un nudo fuerte y resistente. Las dos escapamos, cada una a su manera, en su momento y con sus propios medios. Las dos salimos heridas, pero también fortalecidas. Ella menos inocente, más fría y más dura, guardando bajo un candado lo vivido. Yo con una cicatriz que a veces sigue doliendo y echando de menos lo que nunca tendré. Pero juntas, en este presente tan raro, estamos construyendo algo que hace unos años parecía imposible, un álbum de pequeños momentos compartidos. Paseos por Madrid. Cenas. Planes. Un viaje en coche sonando Dua Lipa…

Nunca leerás esto, pero estoy orgullosa de ti, mamá. Has sido una de las valientes que salió victoriosa, que mató al dragón antes de que éste la quemara. Da igual que ya no seas la misma, que el dolor te haya cambiado, que nunca seas como siempre soñé, lograste escapar y ser feliz luchando sola. Ahora, cada vez que escuche IDGAF (I don’t give a fuck) pensaré en ti, en mí y en que ganamos. Nos merecíamos una canción que no causara tristeza. Una canción que nos recordara que seguimos en pie.

dualipa

Vida

PALMERAS EN LA MANCHA

El verano que siempre me ha encantado se ha convertido en debilidad. Es la época del año en la que estoy más floja, más nostálgica, más decaída. Echo de menos momentos, lugares y personas. Echo de menos el verde de la montaña, el olor a cloro y la música hasta la madrugada. Echo de menos algo que, poco a poco, asumo que ya no volverá. Personas que decidieron quedarse en el camino. Una casa que en agosto se llenaba de gente. Rollitos de anís y bollos de azúcar.

No miento si digo que estaba deseando que terminara el verano, es lo que me pasa desde que vivo en La Mancha. Se me hace pesado, largo y arduo anímicamente. Aquí un verano no es un verano, siempre siento que me falta algo y no consigo rellenar el hueco. Quizá nunca sepa hacerlo del todo.

Los últimos coletazos de agosto estuvieron marcados por una decisión imprevista. Una mudanza que no esperábamos y que nos ha tenido liados durante semanas. Todavía seguimos con ella. Una mudanza que iniciamos con ilusión, ha acabado siendo un quebradero de cabeza constante y, al final, nos está reportando felicidad. Será la luz tan bonita que entra por la ventana al atardecer, tener nuestro propio sofá o la sensación de tener en las manos un nuevo comienzo.

Hoy es el primer día que tenemos wifi en el piso y tenía tantas ganas de sentarme a escribir… Contaros el por qué de mi silencio y de mi sequía lectora. Contaros que este tiempo desconectada entre cajas he pensado mucho sobre muchas cosas. También en Locked in verses, en los libros que quiero leer en lo que queda de año y en cómo manejar mi presencia en las redes sociales dedicadas al blog.

Pero, de momento, voy a elegir mi segundo libro de septiembre –quién me ha visto y quién me ve– y espero que sea de esos que apetece sentarse a compartir.

Gracias por seguir a mi vera.

morgan