Narrativa contemporánea

LA BUENA LETRA | Rafael Chirbes

Qué tiempos más bonitos, cuando estábamos todos juntos y nos reíamos y no nos faltaba lo indispensable.

Una pequeña joya, eso es La buena letra. Una novela corta, un monólogo de Ana, en el que cuenta a su hijo Manuel la historia de su familia durante la Guerra Civil y la posguerra. Pero no nos encontramos ante otra historia sobre la guerra como podría esperarse, esta es una historia de personajes, de como esa guerra influyó en sus vidas, en su destino. Esta es la clase de historias que más disfruto, las que se centran en los personajes, en sus sentimientos y sus pensamientos. Quizá porque siempre logran empaparme de esas emociones haciéndolas un poco mías. Sentir los libros es lo bonito, es lo que luego perdura en el tiempo, lo que hace que los recuerdes.

Ana desgrana con melancolía su vida, una infancia llena de recuerdos con su abuelo, su juventud y boda con Tomás, la relación con su cuñado Antonio, la dureza de la posguerra, la fractura familiar, la escasez, el miedo, la muerte. El bando de los vencidos.

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Nos habíamos convertido en mulos de noria. Empujábamos, ciegos y mudos, buscando sobrevivir, y, a pesar de que nos dábamos todo unos a otros, era como si sólo el egoísmo nos moviese. Ese egoísmo se llamaba miseria. La necesidad no dejaba ningún resquicio para los sentimientos.

La buena letra esconde entre sus páginas un relato de poco más de 150 páginas que se lee de un tirón, sin aliento, con dolor. El dolor que nos provoca una historia que sentimos cercana, que también tiene una parte de nuestras propias raíces. Como decía antes, podría haber sido otra historia más sobre la Guerra Civil, pero Chirbes escribe muy bonito, con frases que no puedes evitar subrayar, disfrutar y guardar. Casi poéticas en algunos momentos, siempre bellas y vibrantes. No sé si seguirá la misma línea el resto de su obra, pero si sigue contándome otras historias de manera tan bonita, seré capaz de leer lo que me eche.

Próxima parada París-Austerlitz.

A veces te veía escribir y, a mi pesar, recordaba aquellos cuadernos de ella. Pensaba: «La buena letra es el disfraz de las mentiras». Las palabras dulces. Ella había tenido razón. Al margen de su camino sólo quedaba lo que en sus cuadernos llamaba «mezquindad» y «estúpida falta de ambición».

*Las fotografías que acompañan la reseña son de Robert Capa.

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